sábado, 8 de julio de 2017

El buen paño

La versatilidad es una cualidad que me gusta, que disfruto en los demás y trato de cultivar en mí. No se trata de ser voluble, se trata de ser adaptable. Es valorada una persona versátil y es práctica y apreciada una prenda que lo sea.
Como tengo esta temporada estival el privilegio de moverme entre tejidos y hechuras, estoy aprendiendo a distinguir la versatilidad de según qué piezas: gracias a los complementos, un vestido liso de buen corte se puede convertir en el rey de la fiesta, así como un pantalón con la costura en su sitio se vuelve aliado del buen vestir y mejor andar.
Ya de toda la vida en mi casa se han apreciado las telas y los patrones, pero yo carezco de la paciencia, del arte y de la habilidad. Recuerdo a mi madre y a mi tía con alfileres en la boca, tomando "un aire" al ancho de una prenda, haciéndome girar hasta el mareo para ver si el bajo de la falda estaba "bien redondo" y prendiendo con puntada suelta una pinza cosida para que el pantalón sentase como debe sentar un pantalón. Aunque ahora hable con añoranza de esos momentos, los odiaba.
Odiaba también ir a probar a la modista (nuestra casi mítica Maruja Solís), a pesar de que el taller en sí me gustaba mucho, con ese característico olor a hilo cortado -que sí, que el hilo cortado huele de forma particular- y con el sonido masticante de las tijeras perfectamente afiladas. Pero este sacrificio de la probatura lo pagaba con gusto a cambio de tener una prenda de corte impecable, la manga en su sitio y las costuras rematadas "a la francesa".
En esos y otros detalles me sigo fijando -el hombro en su sitio, que la tela no "prenda" al caer, las costuras rectas-, aunque me acabe comprando una camiseta normal y corriente.
Lo que sí que no perdono es lo de los tejidos. No es lo mismo un algodón orgánico tintado en prenda, que envejece como un buen bolso de piel, que una mezcla imposible de fibras que convierte una camiseta en un "embolado"al primer roce.
Tampoco es que sea una defensora a ultranza de los tejidos naturales; de hecho no lo soy en absoluto. Me parece fantástico que se puedan hacer fibras artificiales  más finas que la seda y  más resistentes que la tela de araña del columpio de elefantes. Para muestras, el modal, el cupro, el lyocel
o el kevlar.
Los tres primeros se usan habitualmente en la confección, ya sea solos, en combinación con fibras naturales o tejidos entre sí y tienen características similares a las del algodón más fino -egipcio de cuatrocientos hilos, como debería ser el de la sábana perfecta- (caso del modal) o la seda (cupro y lyocel).
Estos hilos empezaron a fabricarse en el siglo XIX, buscando una alternativa a la seda, pero no fue hasta los años sesenta del siglo XX cuando alcanzaron su mayor difusión (¿quién no conoce la Lycra(™) y el elastano, o recuerda la Crilenka (™), la Terlenka (™) y otras cosas terminadas en -enka ¿por influencia de la carrera espacial y la guerra fría?).
La mayoría prometía comportamientos mágicos, como no arrugarse, secarse casi de inmediato, ser elástica, ligera y cálida...pero poco a poco se fueron olvidando y despreciando (preguntemos por qué a los partidarios de las arrugas bellas) y considerando "plásticos", ya que de hecho muchas son realmente derivados del petróleo.
Entonces llegaron las fibras a las que me refería inicialmente: son artificiales, pero no sintéticas. Sus materias primas son las celulosas regeneradas, las hojas de maíz, la cáscara de cacahuete, la caseína (con la que se hace una lana artificial que no ha tenido mucha difusión), o las algas. Con el rayón alginato se fabrican hilos finos y resistentes que se usan en hilaturas destinadas a la confección, pero también a la sutura quirúrgica. El alginato es biosoluble y se termina absorbiendo, maravillas de la naturaleza tecnificada.
Con todas ellas se pueden tejer crêpes, piqués, calicós, bambulas, paños, gabardinas, puntos, terciopelos, brocados, batistas, encajes de bolillos, chiffones, damascos, franelas, georgettes, sargas, organdís, rasos, popelines o cualquier otro tipo de tejido que yo olvide o alguien se invente. Aunque la más versátil de todas ellas, a pesar de lo dificultoso de su síntesis,  es el kevlar,  obra de la ingeniera de Dupont(™) Stephanie Kwolek : resistente a la torsión, el calor, la fricción, la presión... tanto se usa en guantes protectores como en velas náuticas, en chalecos antibalas como en bastones de tragafuegos. Eso es versatilidad.

lunes, 17 de abril de 2017

Mis magdalenas (humildísimo homenaje a Lucia Berlin)







Olfato y mi barrio:
a) Ya no recuerdo si por la Semana Santa pasada había escrito sobre las roscas o no, pero de cualquier manera, éstas serán solamente parte de lo que quiero aquí desplegar. No podría empezar por otro aroma más dulce que el de la masa de rosca creciendo y dorándose en el horno de nuestros vecinos, Carducho y Pituca. Los días anteriores a Pascua eran una locura de docenas y docenas de huevos cascados, de botellas de anís vaciadas, de paquetes y paquetes de levadura "L'hirondelle", y los brazos rápidos de los panaderos estirando y trenzando rosca tras rosca, mientras los niños del vecindario, aturdidos por el aroma del anís y de la masa leudante, corríamos un poco por aquí y por allá, más molestando que ayudando. Toda la sonriente familia de los dos anfitriones tenía tarea y acudía a ayudar, pero recuerdo con gran dulzura a las señoras, especialmente las que ya no están: Pituca, Maruja y Saladina. Ellas estaban en todas partes a la vez, y al mismo tiempo daban la impresión de no tener ninguna prisa --atendían a la clientela que venía a por el pan al obrador, se preocupaban de envolver las roscas encargadas, preparaban y servían las comidas y las cenas que se hacían por turnos y a matacaballo...
-¿Me das una bolla de moño?
-Coge ahí --decía Pituca señalando un cestón-- ya me lo pagarás, que ya ves como andamos estos días...
-Dice mamá que si está lista la encarga.
-¿Cómo no había de esta, "miña" reina? ¡Carduchiño, dale una rosca de dos quilos!
Y así durante días, aunque especialmente el sábado santo y el propio domingo de Pascua, cuando se terminaba el trajín de puertas afuera. Aquel olor y esas prisas alegres ya no las he vuelto a ver, al menos en mi barrio.

b)Lo que sigo viendo, o mejor dicho oliendo puntualmente, envuelto en la humedad fría de noviembre, es el fortísimo vaho del alcohol que desprende el orujo: ya está el alquitarero en la casa del cura. Solo una vez al año se permite destilar, y solamente en un lugar, por el que pasa el bagazo de toda la villa. No es que destaquemos por el vino local, pero todavía mucha gente tiene uva catalana (sí, catalano-galaica,  aquí nos hablan de ella: uva país) y alguna que otra cepa de albariño hay también, así que el buen señor --porque es un señor, de los que mi hermana llama "señoriño"-- se pasa una semanita al calor de la lumbre, en el garaje del cura, donde está la alquitara (medio viva). Uno de esos días, por mediación de mi padre, que se lo consultó a Don Antonio, fuimos a ver el alambique, más grande y aparatoso de lo que yo imaginaba,  descansando sobre un trébede a butano. Esta modernidad favorece la regulación de la llama, que antes se hacía a base de sarmientos. No lloremos por ello, hay mejoras que son salud.
-¿Qué tal se da el trabajo?, ¿viene gente?
- Bueno, ya no hay tanta viña, pero de esto vivo. (Vemos que hay un catre y después nos cuenta mi padre que no para de trabajar noche y día, para que las jornadas le salgan más a cuenta)

-¿Y va saliendo bueno?
-¿Quieren la prueba? (Que no se diga que no somos gallegos).
- ¡Está fuertecita!
- Pseé.
En mi vida había olido (beber ni se me ocurrió) algo tan fuerte, pero hay que reconocer que los famosos aromas del vino (que si afrutado, que si resinoso, que si seco...) se percibían completos, tras el susto inicial del alcohol.

Gusto y el mundo entero:
Jengibre es Alemania, café Delta es Portugal, café Lavazza es Italia, café con leche es la estación de autobuses donde paré, una vez que vi la Torre Eiffel desde una colina de París. Y ya está. Se me acabó el mundo.
Pero las alcachofas me saben a claustro de monasterio, los champiñones crudos a riachuelo pedregoso, las fanecas a verano, el dulce de leche a Navidades y los guisantes frescos, si los encontrara, me sabrían a las tardes de fin de curso en que acompañaba a mi abuela al terrenito en Os Pardiños.
Los guisantes servían de límite entre las distintas tiras de tierra. Estaban dulces y fresquitos y entre ellos encontrábamos con facilidad "xoaniñas", mariquitas. Nos sentábamos (alguna niña más y yo) en una "laxe" (laja, gran piedra plana), caliente y algo rasposa y jugábamos a pasarlas de un dedo a otro.
Desde allí se veía el mar. Mi abuela trabajaba con un pañuelo en la cabeza, pero con los brazos y las piernas al sol, blanca como era. Hablaba con las vecinas y a veces me prestaba un sachiño (azadita), pero enseguida me lo quitaba.
-¡No hagas así, que me deshaces las patatas, ahora solo sirven para la resiembra!

Entonces yo robaba algunos guisantes, los más pequeñitos, y volvía a la "laxe".
- Xoaniña de "Dios", cóntame os dedos e vaite p'ra "Dios".

Tacto y casas:
a)La tía Maruja --personaje encajable en cualquier mitología familiar, de no ser porque la recuerdo perfectamente y me consta que compartimos genes-- tenía un tejón disecado en la entrada de su casa, bajo una mesa maciza y ante un bargueño decorado con taraceas y algún que otro relieve. De dónde salió el tejón, ni idea, pero estoy segura de que la tía Maruja sabía cómo conseguirlo, puesto que fui testigo de la caza de una gaviota argéntea que acabó, debidamente rellenada de estopa, sobre la chimenea de la casa de O Carreiro.
El tejón era mi fijación cuando llegábamos de visita. Mientras la tía preparaba el café en la cocina me escabullía a la entrada y acariciaba al tejón. Primero con algo de reparo, pero después a contrapelo, para comprobar cómo recuperaba su posición al soltarlo.
-¡Ven a tomar un café con leche!, decía mi madre.
-¡No andes por el suelo, nena!, decía mi tía.
Y había que volver a la cocina, donde me sentaba ahí abajo, en una de aquellas resbaladizas butacas frailunas de cuero negro, toqueteando uno de los remaches de bronce, fríos y suaves.

b) La madre de mi amiga B. tiene una figura de Lladró de las únicas que me han gustado nunca:  la serie de gres. Aunque me mates ahora (y mira que he ido veces a su casa), no sé si es la chica con la oveja o la pareja de esquimales. Lo que sí recuerdo perfectamente es el tacto: hay un contraste entre las zonas esmaltadas y las zonas en las que el gres no brilla, las que representan la piel. El esmalte es satinado, fresco, no frío, y tiene algún relieve; la piel es algo áspera, no tanto como el barro cocido, pero sí porosa y poco resbaladiza.
Cuando íbamos a jugar juntas y tenía que esperarla un momento, me paraba junto al teléfono y acariciaba la figura, despacito, con cuidado, casi disimuladamente.
-¿Quieres el bocadillo de chorizón o de jamón york? (No se podía salir de la casa de B. sin merendar. La máquina de cortar fiambre y la panera estaban en la despensa, y era visita obligada).
Cuando ya no jugábamos, íbamos a escuchar música juntas en el magnífico equipo HiFi de su padre. Mientras ella recogía los discos y lo dejaba todo en orden,  yo volvía a situarme al lado de la figura para poder notar el contraste entre los dos tactos de la porcelana.
-Tomade cartos e comprade cadanseu cruasán na de Campaña. (El bocata de chorizo Revilla ya no era obligatorio, pero no se podía consentir que no comiésemos nada. Lo recuerdo también porque fue la primera vez que escuché a alguien usar con corrección el distributivo "cadanseu". Una belleza.).

Oído y trabajo:
 a)Cuando se murió mi abuela Manuela vino por el velatorio Maruxa "a Soca", q.e.p.d.también
-No te voy a cobrar --dijo a mi madre-- porque ella era muy buena persona.
Es probable que se lo dijese a todo el mundo, esperando así una propina mayor (el márquetin, ya se sabe, tiene estos intríngulis), pero también puede que fuese cierto, porque entre otras cosas y a pesar de su genio, mi abuela no permitía que se usasen los motes, "as chatas", si consideraba que eran peyorativos.
-Id a comprar el pan de maíz a la tienda de mi amiga Regina, podías oírle decir, aunque todos sabíamos que la tienda era conocida por otro nombre menos regio.
El trabajo de Maruxa era por aquel entonces el de campanera ocasional. Supongo que se lo permitían por caridad, pero sabía tocar a difuntos (toque de mujer, de hombre, de angelito al cielo).
Las campanas aún suenan de vez en cuando, pero solo a gloria y a difunto "genérico", sin florituras; una vez el domingo a misa y es todo. Se ve que los vecinos del barrio de O Sineiro protestaron. Ya es ironía, puesto que ese barrio lleva el nombre del oficio: "o sineiro", "el campanero".

b)La sirena de la fábrica de conservas sonaba dos veces al día. Yo me asomaba al balconcito del cuarto de mis padres y veía pasar las hordas ciclistas. Todas las mujeres y muchos de los hombres acudían al trabajo en bicicleta.  Lo que hoy es un aparcamiento para vehículos era entonces un solar. No hacía falta tanto espacio porque las bicis se aparcaban sobre su pata de cabra o se apoyaban en el lateral de la fábrica.
Mi padre, que no trabajaba en esa fábrica, también iba a la oficina en bicicleta, una BH blanca y como él muchas personas, las "colareiras" a la isla de A Toxa, las "regateiras" a por el pescado...
No sé qué año dejó de sonar la sirena de la fábrica. Supongo que ya hace bastante tiempo, pero de vez en cuando tengo alucinaciones auditivas y la escucho, o escucho, si la nortada la trae, la sirena de algún barco llegando a puerto y esa cháchara con acento locutoril que sueltan los guías de los barcos de pasaje. Aunque ninguno como aquel que rodeaba la isla:
-Estamos pasando por la playa del campo de golf, que antes era muy frecuentada por bañistas, pero ahora, pelota va, pelota viene...
Hacía la pausa pertinente para las risas y continuaba:
-Vamos a pasar bajo el puente, por favor bajen la cabeza, que la última vez, unos señores de Madrid casi se van sin ella. 
Y así todo lo que contaba y fabulaba. Ahora los discursos son más sosos, más informativos y más pensados para que cuando los señores "de Madrid" lleguen a sus pueblos digan que se lo pasaron muy bien en los barcos y se pusieron morados a vino y mejillones. Todo es trabajo.

Vista y perspectiva:
No veo el mar a diario; casi, pero no todos los días. Vivimos en una zona baja y aunque me consta que los vecinos de los pisos más altos no tienen que esforzarse por alcanzar el mar con los ojos, desde aquí es imposible.
La primera vez que fui a Castilla, creo que con unos once años, me parecía que detrás de cualquier otero iba a aparecer la playa. Influye mucho que era verano y los campos segados me recordaban a la zona dunar que antecede a A Lanzada, la playa por antonomasia.
Pasamos la noche en Toledo, toda piedra y callejuelas. Yo me preguntaba cómo podían saber cuál era el norte y cuál el sur sin ver el mar, y de hecho casi sin ver el sol. Apenas se veía el cielo y me iba quedando bizca de tanto mirar puertas, fachadas y  portadas sin más distancia que la de unos pasos en los que te topabas con la pared de enfrente.
Había muchos turistas -- nosotros unos más-- comprando falso damasquinado y mazapanes fuera de época. Había tanta gente que no podía ver a ninguna persona.
Cuando ya iba anocheciendo y nos acercábamos al hotel,  en una plazoleta, lo más amplio que nos encontramos en el paseo, saludé a una niña que venía de frente. Ella me miró extrañada y no me devolvió el saludo.
-¡No se saluda a la gente que no se conoce! Dijo mi madre entre risas, al ver mi cara de espanto.
Era la primera vez que escuchaba esa orden contradictoria. En el pueblo se saludaba a todo el mundo, porque las señoras, si no las saludaba primero, soltaban un "buenas tardes" con retintín que dejaba claro que eras una maleducada.Cuestión de perspectiva.

martes, 28 de marzo de 2017

Que nos queda Portugal

Tenía yo una de estas hojas de repollo convertidas en cerámica y ya no la tengo. Se me rompió un mal día de limpieza y no se pudo recomponer, por lo que tuve gran pena, no solo porque la pieza (sumamente kitsch, pero encantadora) me gustaba mucho, sino porque fue un regalito de mi madre, y los regalos de mi madre, son... regalos de mi madre, vaya.
Años después, pero no hace tanto, supe el nombre del curioso artista, Rafael Augusto Bordallo Pinheiro,  que dio forma a las loquísimas "faianças" creadas en Caldas da Rainha con sus diseños postbarrocos, firmados como RapHael Bordallo-Pinheiro. Ese fingido helenismo dejó huella, aunque dudo que el cantante se fijase en esta singular figura decimonónica.
Me llamó la atención de su biografía internetiana que se conjugan sin remilgos sus facetas de periodista, caricaturista, profesor, diseñador, precursor del diseño gráfico, actor y "par do reino". Sin pudor alguno se señala que este puesto de diputado en cortes, que diríamos aquí, aunque no ahora,  fue apañado por su padre para proporcionarle sustento y tranquilidad, y el sustento sí, pero la tranquilidad se ve que no la consiguió por este medio, lo cual no me extraña nada.

Más tarde, ya asegurado en su vocación plástica, pero sin haber abandonado las otras, tomó las riendas de la fábrica de cerámica de Caldas da Rainha, en la que se fabricaban no solamente estas lozas cotidianas y  naturalmente coloridas, sino también figuritas basadas en sus personajes cuasi literarios. Destaca entre ellos
"Zé Povinho", un personaje tomado de sus caricaturas sociales, aparecidas en A Lanterna Mágica.
Tuvo mucho éxito este figurín y lo mismo sus acompañantes y amigos, que se convirtireron en bibelots a la portuguesa, motivos ahora de la nostalgia lusa.
Como las frutas, verduras, ranas y peces ya están lo suficientemente afianzados en el imaginario popular (y copiados, recreados o directamente falsificados en muchas ocasiones y calidades) la firma los sigue fabricando, pero tampoco deja de crear estilo a través del tiempo. Para ello no renuncia a sus orígenes naturalistas: la colección "sardinha", que nos asalta en sus múltiples versiones en Porto y Lisboa, es una muestra de la fe en la tradición y el empuje de la renovación.Nada menos que setenta y cuatro artistas, tanto locales como internacionales,  han puesto esta sardina a colorines.
Lo que más me gusta de la colección, de todos modos, es la noticia que tuve de su presentación en sociedad. Como no podía ser menos, se expuso al público en medio de una sardiñada. Como debe ser.

viernes, 9 de diciembre de 2016

Estar de dulce

Con lo deliciosos que son los higos frescos, carnosos y dulces (con su cristalina gotita de miel, como decía Juan Ramón Jiménez), ¿por qué será que no me gustan nada los higos pasos? Ni las uvas pasas, ni los secos orejones de albaricoque, ni las aburridas y medicinales ciruelas pasas. Mi paladar admite el azúcar en saturación en el dulce de leche, en las natas montadas y en los chocolates más grasientos, pero no se lleva bien con esas inocentes fructosas rodeadas de fibra, por muy bien que sienten según para qué.
Otra cosa son las mermeladas. Se conoce la necesidad antigua de conservar la fruta para el invierno y se sabe que el azúcar es un conservante excelente, como nos cuentan en el museo --museo, sí, ¿de qué no habrá museo todavía?-- de la confitura de Torrent, Girona. La distinción entre confitura y mermelada está aquí bien explicadita, así que me la ahorro, pero de las otras conservas dulces no sé ya tanto: algo he oído sobre las uvas secadas en la propia parra, sobre los higos puestos al sol en los tejados o sobre los jarabes de pétalo de rosa que se usan para elaborar las delicias turcas.  Sobre esto último vi un ¿delicioso? reportaje que me recordó lejanamente  la obsesiva destilación de la belleza incorpórea que Jean-Baptiste Grenouille llevaba a cabo en El perfume.
El almíbar es otro de los modos de conserva, en este caso de fruta cocida, que más popularidad tiene. ¿En qué casa de señora que se precie no se ha salido del paso con unos melocotones en almíbar como postre improvisado? Por viejuno que suene, como dice El comidista, se sigue vendiendo en los supermercados, si no para tomárselos solos --¿con tenedor y cuchillo o con cuchara?, gran dilema-- sí para relleno goloso de tartas de cumpleaños caseras, complemento de helados de vainilla o para cocinar esa inverosímil pero no por ello imaginaria receta de lomo con melocotón.
En almíbar se cuecen también las castañas para convertirlas en una cosa francesa y finísima llamada marrón glacé, (aunque se preparen en el mismo Ourense, como las de Cuevas) y las naranjas, melocotones o peras para que se vuelvan tan aragonesas como la Virgen del Pilar con ayuda del chocolate.
Y llegamos (probablemente dejándonos por el camino algún que otro dulcísimo fruto de la tierra) a los que nos zamparemos sin ganas mientras vemos el programa de Fin de Año de la cadena elegida (cualquiera o ninguna vale). La combinación original era de almendra y miel, con algo de clara de huevo para amalgamar, pero la miel es producto caro, así que los turrones de hoy llevan más azúcares que manjares de abeja reina.
Dejo a las wikipedias y a ustedes las discusiones sobre orígenes, recetas y virtudes de Jijona y Alicante. Almendra y dulce combinan a la perfección, según yo lo saboreo cada año, también en los almendrados de Allariz que hasta Cunqueiro se atrevió a poner en papel.
Y por último el mazapán, de origen árabe según dicen, que bordan en Toledo, concretamente en Sonseca, aunque a mí me sepan bien hasta los más cutres de la caja llena de bolsitas individuales (papel, plástico...odio los envases, otro día iremos a ello) de la marca blanca del súper.
Así que estas Navidades, como siempre, quedarán para otros los higos pasos y yo cederé, como siempre también, a la tentación del dulce, por más que, en general, prefiera en mi vida la sal, en todas las acepciones de la palabra.

miércoles, 16 de noviembre de 2016

Sabiduría popular

Foto de El País
Ya se hizo la vendimia, ya pasó la matanza, ya se celebraron los magostos, los escaparates de las tiendas de decoración empiezan a vender los adornos que pondrán los demás establecimientos para recordarnos que ya no falta mucho para la Navidad, en el súper ya hay turrón...
Pues no me da la gana de adelantarme tanto. Al menos hasta que empieze diciembre ni se me ocurrirá comprar mazapán, ni ponerme a buscar adornos, ni a pensar en regalos. Me niego. Prefiero pensar en el frío seco y agradable que nos obliga a encender la bendita estufa, en las noches de luna llena y en el rocío casi helado que no llega a ser escarcha de las mañanas de invierno, ya, por fin. 
Foto Galipedia
Ese rocío frío --que como digo aquí no llega casi nunca a ser escarcha-- es el favorito de las verduras para alimentarse y crecer con vigor. Se ve que de toda la vida han sido estas mañanas las elegidas por las señoras (esa sabia institución sin jerarcas, ni falta que le hacen) para ir a buscar la mejor verdura para el caldo. 
Veo por la ventana pasar a mi vecina, seguida de su perrito casi ciego, armada de cuchillo viejo, recogiéndola hoja a hoja, cuidando de dejar el tallo leñoso, que se superpondrá capa a capa para formar un tronco de palmera en miniatura.
Por si tenéis dudas acerca de su aspecto, son esas de hoja ancha y verde grisáceo que se plantan principalmente para dar alimento fresco a las gallinas y al cerdo de casa, las que veis en la imagen. El cerdo y las gallinas las comen con fruición, pero también las amas, que no se privan de echárselas picaditas al caldo o de hacer un cocido que no solamente lleve grelos. 
Es esta una verdura humilde, empezando por su simple nombre: en algunos sitios "berza" (en gallego "verza", conservando en la "v" su verde origen), pero en general sin identificación especial. Como mucho se le llama aquí "verdura da estrema" si es que se deja crecer en los límites de las huertas para indicar (nuestro minifundio, tan difundido) dónde termina un predio y empieza el siguiente. 
Pues resulta que ahora esa verdura tiene un nombre modernísimo, "kale", y es un "superalimento". ¡La leche!, digo, ¡la verdura!  A pesar de todas las reticencias al respecto (dejo este artículo para desmitificar un poco), no deja de ser interesante, en sentido general y en el restringido que usan los nutricionistas. Estos confirman lo que mi vecina lleva años diciéndome: "esta verdura me da la vida". La verdura y el trajín, no seamos ingenuos, pero ahí está, a los ochenta y pico y derecha como una vara. ¡Lo que no sepan mis señoriñas!


viernes, 21 de octubre de 2016

El señor de las moscas

Cuando éramos adolescentes y discutíamos sobre dónde quedar, siempre había un gracioso que comentaba: "podemos vernos en el segundo piso del Moscón". La gracia viene dada porque "O Moscón" no es más que una casetita, que se ha ido mejorando con los años y la moda de las terrazas, pero no tiene espacio más que para dos parroquianos y el camarero, bien apretados.
Desde que el relleno de la zona portuaria cambió la fisonomía del barrio, "O Moscón" ya no está pegado al mar, sino un poco más adentro, pero sigue estando donde tiene que estar.
Esta taberna nació en  1955 como iniciativa de beneficencia. Es una concesión que se hizo para facilitar trabajo a una familia y al mismo tiempo ofrecer a los marineros un desayuno caliente y económico con el que empezar la jornada. Según los documentos de la época, tenían la obligación de abrir de madrugada, a la hora en que llegaban los barcos, tanto de O Grove como los de otros puertos que venían a vender a nuestra lonja. En "O Moscón" les servían el café y el "chanqueiro", esa medida de licor que en las Rías Baixas llamamos por hipercorrección "changueiro", como en la copla popular "o mariñeiriño cando vai pr'o mar, sen o seu *changueiro non pode pasar".
Hoy en día la cosa es bien distinta: se toma el sol en su terraza, se come empanada y se degustan tapas sin ningún problema. De hecho a veces sí que hay un problema: encontrar sitio.Los parroquianos ya tienen sus sillas reservadas, --algunos parecen atornillados a ellas-- así que es necesario esperar un descuido y asaltarlas. Si no, siempre queda el recurso de tomarse algo de pie, como probablemente hacían los primeros usuarios, aquellos marineros que madrugaban, y como hicieron muchos paseantes durante la Festa do Marisco. Entre otras cosas porque, como en una aldea gala, rodeada de Mahou por todas partes, "O Moscón" era el único local del recinto en el que se podía tomar una Estrella Galicia.

jueves, 6 de octubre de 2016

Mariscada sideral

Tengo una agenda escolar, porque mi vida se mueve más por cursos que por años, pero voy a tener que cambiar el inicio del curso de septiembre a mediados de octubre. En mi pueblo NADA sucede hasta que no se termina la Festa do Marisco. Si quieres quedar con amigos ya sabes que hasta que no se haya terminado la feria gastronómica no ha lugar. Si vas a organizar una actividad formativa o lúdica, mejor será que esperes a que se termine la fiesta, porque si no no tendrás público. Quien no trabaja en algo relacionado con la hostelería o el turismo suspende igualmente su ánimo hasta que el torbellino fiestero haya pasado, cual es mi caso. Tomo aliento el día 6 y hasta el 16 no lo puedo soltar a gusto.
El pueblo se va transformando poco a poco en una sucursal del verano. Da igual que el tiempo no acompañe (este año sí, por cierto): el aparcamiento del puerto se llena de autobuses, los hoteles confiesan que tienen los fines de semana llenos, los barcos turísticos cargan pasajeros temerosos y descargan hordas animadas por los mejillones y el vino blanco,  los restaurantes anuncian sus mariscadas de mayor o menor valor y mayor o menor calidad y las "colareiras" venden su mercancía artesana compitiendo con los subsaharianos que ofrecen gafas de sol y perfumes baratos.
En las carpas de la fiesta se escuchan gaitas y griterío, y se ven colas (rápidas) para pagar los tiquets y colas (un poquito más lentas) para  recoger los platos encargados. Huele a navajas a la plancha, a arroz de mariscos, a pulpo "á feira", a mejillones al vapor...
Me gusta mucho acercarme a la carpa de los pinchos especiales. Varios locales proponen sus platos de marisco con distintas presentaciones: hamburguesa de pulpo, sushi a la gallega y otras combinaciones exóticas y atractivas, no nos falta de nada.
La cafetería de la fiesta también es un punto de atracción: hay actuaciones musicales en sesión vermú (y no, no regalan el vermú) y por las noches, después de los conciertos, y tiene mucho éxito también porque es de los pocos sitios, junto con el mítico "El moscón"(este lugar merece un post para él solo: lo escribiré), en los que puedes sentarte dentro del recinto ferial.
Por supuesto los bares, restaurantes y terrazas del puerto y de orillamar están a tope, vendiendo mayormente marisco, aunque haya quien venga y busque dónde comer  churrasco, como me preguntaron el año pasado.

No voy a decir nada sobre el marisco de las marisquerías grovenses, pero ya he oído muchas versiones (comido menos; el marisco aquí se suele comer en casa) y nunca sé muy bien cuál creerme, pero por lo general la gente sale contenta. Lo que sí he vivido ha sido una reunión, hace años, en la que unos ¿ingenuos? asesores turísticos proponían la creación de una marca propia para las Mariscadas do Grove.  Resultaría difícil poner de acuerdo a los restauradores para decidir qué llevaría: cantidades, calidades y sobre todo origen, el controvertido origen del "marisco de la ría", pero cosas más difíciles se han conseguido. Nunca pensé que verían mis ojos reinar a Felipe VI, a las mariscadoras constituídas en cooperativa, a los vendedores ambulantes de A Toxa establecidos en el centro comercial "O redondo" y al Anduriña y al Deportivo Grove convertidos en un solo equipo de fútbol, así que no pierdo la esperanza.
Mientras tanto, podéis venir a comer marisco a nuestro paraíso, aunque la "centola" tendrá que esperar a noviembre. No es mala fecha.