Con lo deliciosos que son los higos frescos, carnosos y dulces (con su cristalina gotita de miel, como decía Juan Ramón Jiménez), ¿por qué será que no me gustan nada los higos pasos? Ni las uvas pasas, ni los secos orejones de albaricoque, ni las aburridas y medicinales ciruelas pasas. Mi paladar admite el azúcar en saturación en el dulce de leche, en las natas montadas y en los chocolates más grasientos, pero no se lleva bien con esas inocentes fructosas rodeadas de fibra, por muy bien que sienten según para qué.
Otra cosa son las mermeladas. Se conoce la necesidad antigua de conservar la fruta para el invierno y se sabe que el azúcar es un conservante excelente, como nos cuentan en el museo --museo, sí, ¿de qué no habrá museo todavía?-- de la confitura de Torrent, Girona. La distinción entre confitura y mermelada está aquí bien explicadita, así que me la ahorro, pero de las otras conservas dulces no sé ya tanto: algo he oído sobre las uvas secadas en la propia parra, sobre los higos puestos al sol en los tejados o sobre los jarabes de pétalo de rosa que se usan para elaborar las delicias turcas. Sobre esto último vi un ¿delicioso? reportaje que me recordó lejanamente la obsesiva destilación de la belleza incorpórea que Jean-Baptiste Grenouille llevaba a cabo en El perfume.
El almíbar es otro de los modos de conserva, en este caso de fruta cocida, que más popularidad tiene. ¿En qué casa de señora que se precie no se ha salido del paso con unos melocotones en almíbar como postre improvisado? Por viejuno que suene, como dice El comidista, se sigue vendiendo en los supermercados, si no para tomárselos solos --¿con tenedor y cuchillo o con cuchara?, gran dilema-- sí para relleno goloso de tartas de cumpleaños caseras, complemento de helados de vainilla o para cocinar esa inverosímil pero no por ello imaginaria receta de lomo con melocotón.
En almíbar se cuecen también las castañas para convertirlas en una cosa francesa y finísima llamada marrón glacé, (aunque se preparen en el mismo Ourense, como las de Cuevas) y las naranjas, melocotones o peras para que se vuelvan tan aragonesas como la Virgen del Pilar con ayuda del chocolate.
Y llegamos (probablemente dejándonos por el camino algún que otro dulcísimo fruto de la tierra) a los que nos zamparemos sin ganas mientras vemos el programa de Fin de Año de la cadena elegida (cualquiera o ninguna vale). La combinación original era de almendra y miel, con algo de clara de huevo para amalgamar, pero la miel es producto caro, así que los turrones de hoy llevan más azúcares que manjares de abeja reina.
Dejo a las wikipedias y a ustedes las discusiones sobre orígenes, recetas y virtudes de Jijona y Alicante. Almendra y dulce combinan a la perfección, según yo lo saboreo cada año, también en los almendrados de Allariz que hasta Cunqueiro se atrevió a poner en papel.
Y por último el mazapán, de origen árabe según dicen, que bordan en Toledo, concretamente en Sonseca, aunque a mí me sepan bien hasta los más cutres de la caja llena de bolsitas individuales (papel, plástico...odio los envases, otro día iremos a ello) de la marca blanca del súper.
Así que estas Navidades, como siempre, quedarán para otros los higos pasos y yo cederé, como siempre también, a la tentación del dulce, por más que, en general, prefiera en mi vida la sal, en todas las acepciones de la palabra.
viernes, 9 de diciembre de 2016
miércoles, 16 de noviembre de 2016
Sabiduría popular
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| Foto de El País |
Pues no me da la gana de adelantarme tanto. Al menos hasta que empieze diciembre ni se me ocurrirá comprar mazapán, ni ponerme a buscar adornos, ni a pensar en regalos. Me niego. Prefiero pensar en el frío seco y agradable que nos obliga a encender la bendita estufa, en las noches de luna llena y en el rocío casi helado que no llega a ser escarcha de las mañanas de invierno, ya, por fin.
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| Foto Galipedia |
Veo por la ventana pasar a mi vecina, seguida de su perrito casi ciego, armada de cuchillo viejo, recogiéndola hoja a hoja, cuidando de dejar el tallo leñoso, que se superpondrá capa a capa para formar un tronco de palmera en miniatura.
Por si tenéis dudas acerca de su aspecto, son esas de hoja ancha y verde grisáceo que se plantan principalmente para dar alimento fresco a las gallinas y al cerdo de casa, las que veis en la imagen. El cerdo y las gallinas las comen con fruición, pero también las amas, que no se privan de echárselas picaditas al caldo o de hacer un cocido que no solamente lleve grelos.
Es esta una verdura humilde, empezando por su simple nombre: en algunos sitios "berza" (en gallego "verza", conservando en la "v" su verde origen), pero en general sin identificación especial. Como mucho se le llama aquí "verdura da estrema" si es que se deja crecer en los límites de las huertas para indicar (nuestro minifundio, tan difundido) dónde termina un predio y empieza el siguiente.
Pues resulta que ahora esa verdura tiene un nombre modernísimo, "kale", y es un "superalimento". ¡La leche!, digo, ¡la verdura! A pesar de todas las reticencias al respecto (dejo este artículo para desmitificar un poco), no deja de ser interesante, en sentido general y en el restringido que usan los nutricionistas. Estos confirman lo que mi vecina lleva años diciéndome: "esta verdura me da la vida". La verdura y el trajín, no seamos ingenuos, pero ahí está, a los ochenta y pico y derecha como una vara. ¡Lo que no sepan mis señoriñas!
viernes, 21 de octubre de 2016
El señor de las moscas
Cuando éramos adolescentes y discutíamos sobre dónde quedar, siempre había un gracioso que comentaba: "podemos vernos en el segundo piso del Moscón". La gracia viene dada porque "O Moscón" no es más que una casetita, que se ha ido mejorando con los años y la moda de las terrazas, pero no tiene espacio más que para dos parroquianos y el camarero, bien apretados.
Desde que el relleno de la zona portuaria cambió la fisonomía del barrio, "O Moscón" ya no está pegado al mar, sino un poco más adentro, pero sigue estando donde tiene que estar.
Esta taberna nació en 1955 como iniciativa de beneficencia. Es una concesión que se hizo para facilitar trabajo a una familia y al mismo tiempo ofrecer a los marineros un desayuno caliente y económico con el que empezar la jornada. Según los documentos de la época, tenían la obligación de abrir de madrugada, a la hora en que llegaban los barcos, tanto de O Grove como los de otros puertos que venían a vender a nuestra lonja. En "O Moscón" les servían el café y el "chanqueiro", esa medida de licor que en las Rías Baixas llamamos por hipercorrección "changueiro", como en la copla popular "o mariñeiriño cando vai pr'o mar, sen o seu *changueiro non pode pasar".
Hoy en día la cosa es bien distinta: se toma el sol en su terraza, se come empanada y se degustan tapas sin ningún problema. De hecho a veces sí que hay un problema: encontrar sitio.Los parroquianos ya tienen sus sillas reservadas, --algunos parecen atornillados a ellas-- así que es necesario esperar un descuido y asaltarlas. Si no, siempre queda el recurso de tomarse algo de pie, como probablemente hacían los primeros usuarios, aquellos marineros que madrugaban, y como hicieron muchos paseantes durante la Festa do Marisco. Entre otras cosas porque, como en una aldea gala, rodeada de Mahou por todas partes, "O Moscón" era el único local del recinto en el que se podía tomar una Estrella Galicia.
Desde que el relleno de la zona portuaria cambió la fisonomía del barrio, "O Moscón" ya no está pegado al mar, sino un poco más adentro, pero sigue estando donde tiene que estar.
Esta taberna nació en 1955 como iniciativa de beneficencia. Es una concesión que se hizo para facilitar trabajo a una familia y al mismo tiempo ofrecer a los marineros un desayuno caliente y económico con el que empezar la jornada. Según los documentos de la época, tenían la obligación de abrir de madrugada, a la hora en que llegaban los barcos, tanto de O Grove como los de otros puertos que venían a vender a nuestra lonja. En "O Moscón" les servían el café y el "chanqueiro", esa medida de licor que en las Rías Baixas llamamos por hipercorrección "changueiro", como en la copla popular "o mariñeiriño cando vai pr'o mar, sen o seu *changueiro non pode pasar".
Hoy en día la cosa es bien distinta: se toma el sol en su terraza, se come empanada y se degustan tapas sin ningún problema. De hecho a veces sí que hay un problema: encontrar sitio.Los parroquianos ya tienen sus sillas reservadas, --algunos parecen atornillados a ellas-- así que es necesario esperar un descuido y asaltarlas. Si no, siempre queda el recurso de tomarse algo de pie, como probablemente hacían los primeros usuarios, aquellos marineros que madrugaban, y como hicieron muchos paseantes durante la Festa do Marisco. Entre otras cosas porque, como en una aldea gala, rodeada de Mahou por todas partes, "O Moscón" era el único local del recinto en el que se podía tomar una Estrella Galicia.jueves, 6 de octubre de 2016
Mariscada sideral
Tengo una agenda escolar, porque mi vida se mueve más por cursos que por años, pero voy a tener que cambiar el inicio del curso de septiembre a mediados de octubre. En mi pueblo NADA sucede hasta que no se termina la Festa do Marisco. Si quieres quedar con amigos ya sabes que hasta que no se haya terminado la feria gastronómica no ha lugar. Si vas a organizar una actividad formativa o lúdica, mejor será que esperes a que se termine la fiesta, porque si no no tendrás público. Quien no trabaja en algo relacionado con la hostelería o el turismo suspende igualmente su ánimo hasta que el torbellino fiestero haya pasado, cual es mi caso. Tomo aliento el día 6 y hasta el 16 no lo puedo soltar a gusto.El pueblo se va transformando poco a poco en una sucursal del verano. Da igual que el tiempo no acompañe (este año sí, por cierto): el aparcamiento del puerto se llena de autobuses, los hoteles confiesan que tienen los fines de semana llenos, los barcos turísticos cargan pasajeros temerosos y descargan hordas animadas por los mejillones y el vino blanco, los restaurantes anuncian sus mariscadas de mayor o menor valor y mayor o menor calidad y las "colareiras" venden su mercancía artesana compitiendo con los subsaharianos que ofrecen gafas de sol y perfumes baratos.
En las carpas de la fiesta se escuchan gaitas y griterío, y se ven colas (rápidas) para pagar los tiquets y colas (un poquito más lentas) para recoger los platos encargados. Huele a navajas a la plancha, a arroz de mariscos, a pulpo "á feira", a mejillones al vapor...
Me gusta mucho acercarme a la carpa de los pinchos especiales. Varios locales proponen sus platos de marisco con distintas presentaciones: hamburguesa de pulpo, sushi a la gallega y otras combinaciones exóticas y atractivas, no nos falta de nada.
La cafetería de la fiesta también es un punto de atracción: hay actuaciones musicales en sesión vermú (y no, no regalan el vermú) y por las noches, después de los conciertos, y tiene mucho éxito también porque es de los pocos sitios, junto con el mítico "El moscón"(este lugar merece un post para él solo: lo escribiré), en los que puedes sentarte dentro del recinto ferial.
Por supuesto los bares, restaurantes y terrazas del puerto y de orillamar están a tope, vendiendo mayormente marisco, aunque haya quien venga y busque dónde comer churrasco, como me preguntaron el año pasado.
Mientras tanto, podéis venir a comer marisco a nuestro paraíso, aunque la "centola" tendrá que esperar a noviembre. No es mala fecha.
martes, 13 de septiembre de 2016
En descampado
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| Paisaje, Isaak Van Ruisdeel |
En el primer relato corto de Joseph Conrad, "Los idiotas", el narrador describe el paisaje como "retazos rectangulares de vívidos verdes y amarillos, semejantes a los brochazos desmañados de un cuadro naïf". Lo leí justo a la vuelta de un viaje de Castilla a Galicia; me estaba esperando en la mesilla un tocho tremebundo de su obra breve completa, y enseguida encontré el parrafito, breve también, y crudo. Me llamó la atención porque en algún tramo de carretera castellana, con sus tesos tostados y sus girasoles caídos, he pensado algo similar. También lo he pensado más de una vez en Galicia, donde el minifundio crea bellísimos tapices de retazos, bordados con las piedras de los muros: demasiado bonitos para ser pintados con detalle.
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| Las espigadoras, Banksy |
¿Y por qué, si nos encanta verlos en la realidad, no queremos tenerlos en pintura?
Pues no sé lo que os pasa a los demás, si es que os pasa: a mí me pasa que me supera la armonía absoluta. Cuando veo algo tan sumamente perfecto que solo podría convertirse en una foto (o un cuadro, un poema, un relato, o una canción...) de belleza total, me revuelvo y me vuelvo hacia la ruina, lo roto o lo quemado; en resumidas cuentas, lo vivido. A veces me siento un poco Delta viviendo en mi mundo feliz, visitando el campo para tratar de alcanzar la belleza, pero necesitada de una dosis de urbe para poder llegar a disfrutarla.
En una zona como esta en la que vivo, en la que no se sabe si sales de un pueblo para entrar en otro más que por los establecimientos bautizados a la moda de antaño con el nombre de la villa (y en algunos por esos postes que nos dicen "Bienvenido" y "Esperamos verlo de nuevo"), resulta difícil concebir la idea de "aquí empieza el campo" ,"aquí termina la ciudad". Por ahí abajo, en cambio, las ciudades llegan justo hasta el límite en el que se tiran (o tiraban) las neveras viejas y las maletas con cadáveres: ¡son los descampados!, ¡ni campo ni ciudad! Ahí me quedo por hoy, tomándome un respiro.
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| Descampado, (fotograma de la película Ori, Miguel Ángel Jiménez) |
miércoles, 3 de agosto de 2016
De piedra
Ayer leí que se había ampliado la zona excavada de la ciudad castreño-romana de Armea, en Allariz, que visité no hace mucho cuando estaba en una fase anterior. Probablemente vaya pronto a recorrerla de nuevo, porque la sensación de pisar calles de hace milenios con sus piedras originales es algo que me pone los pelos de punta. El paisaje modificado por el hombre, así sea con una simple piedra para cruzar un arroyo, siempre me ha emocionado, y si esa modificación tiene cientos o miles de años, todavía más.
La arqueología de salón es una de mis pasiones. Quizá sea porque tengo el recuerdo infantil de verla muy de cerca, asomándome tímidamente a las excavaciones que se realizaban cada año en el yacimiento de O Carreiro, en San Vicente de O Grove.
En aquellos tiempos pasábamos el verano en una de las casas que habían sido fábricas o almacenes de salazón remozadas para vivienda, propiedad de una tía de mi madre. Era aquel lugar (la casa y sus alrededores) nuestro paraíso particular, valga el tópico. Mis padres trabajaban, por lo que iban y venían desde San Martiño --núcleo urbano de O Grove-- a San Vicente y nosotros (mis hermanos, una prima y yo) nos quedábamos al cuidado de la tía-abuela, a la que no debíamos llamar bajo ningún concepto tía-abuela, por supuesto.
La tía nos dejaba bajar a la playa "a mojarnos hasta las rodillas", pero nos escaqueábamos hasta la zona donde se situaba la rulot (ya casi no se ven rulots, ahora todos son "coche-casa") del doctor Carro, autoridad suprema del yacimiento de Adro Vello. Por aquel entonces yo sabía que el doctor Carro venía de la Universidad de Santiago, y pensaba que era arqueólogo, como Indiana Jones, aunque años después supe que es médico antropólogo, algo así como Bones, la de la serie, pero en señor calvo y bajito.
A veces lo veía agachado sobre una tumba, cepillando restos óseos con un pincel, o bien clasificando hallazgos sobre una mesa de cámping cubierta con una tela, pero lo cierto es que el trabajo de excavación lo hacían los becarios...y nosotros. Nos dejaban una zona en la que no molestásemos mucho y una paletita y hala, a excavar "con mucho cuidadito". Huelga decir que lo único que aparecía en nuestra zona eran piedras o, si acaso, algún trocito de cerámica sin valor, pero nos hacía la misma ilusión que si hubiésemos topado con el Santo Grial.
El que pasaba más tiempo con los arqueólogos era mi hermano y siempre llegaba a la hora justa de comer, contando lo que habían encontrado ese día. Recuerdo perfectamente cuándo apareció la moneda en la que se distingue la "Traslatio" de los restos del Apóstol Santiago en la famosa barca de piedra. Nos pareció de lo más emocionante y aunque no nos dejaron tocarla, por supuesto, sí pudimos intuir que aquella cosa deforme y mal acuñada era algo importante, por la actitud de los arqueólogos (becarios, como he dicho, de Historia o Medicina), y por los comentarios de mi padre, que nos contó por enésima vez la historia del milagroso viaje del Apóstol.
Según iban apareciendo restos, nos íbamos enterando de que allí había habido, antes de una iglesia (la famosa iglesia que se trasladó a la ubicación actual por miedo a los piratas), un templo pagano dedicado a una deidad marina, una villa romana, unas cubas de salazón de aspecto fenicio, una muralla defensiva y tumbas, muchas tumbas, cuyos esqueletos se habían conservado gracias a la arena. Aprendí la palabra "necrópolis" y aprendí también que había otra necrópolis en A Lanzada, cerca de la ermita, aunque aquella estaba ya tapada.
Los restos de la excavación del Carreiro se fueron consolidando, pero también se fueron abandonando. Supongo que ya no daban más de sí, o se acabó el dinero, cualquiera de las dos situaciones lo explica. Siempre se comentaba por lo bajini que "a saber lo que habrían encontrado al hacer la carretera", porque la zona de interés era sin duda más amplia que la estudiada. También se decía (en casa, a la mesa sobre todo), que el Castriño (una punta cercanísima) también debería ser excavado, ya que se distinguen a simple vista algunas estructuras castreñas.
No sé si este habrá sido expoliado, pero sí recuerdo el revuelo que se montó cuando se descubrió una red de tráfico de antigüedades romanas y piezas de cierto valor arqueológico que incluía a un individuo de mi pueblo que había saqueado --hasta entonces impunemente-- el castro de Cantodorxo, en la punta del mismo nombre.
He de reconocer (yo era casi una cría), que me pareció un argumento emocionante, como de peli de ladrones de tumbas egipcias, y me imaginaba al señor (otro bajito y calvo, vaya por Dios, ningún parecido con Harrison Ford tampoco) yendo con la linterna en la boca, y trabajando cuidadosamente con las paletitas y los pinceles para no dañar las piezas. Casi me daban ganas de hacer lo mismo, si no fuese porque soy, aparte de una cobarde integral, una respetuosísima amante de las normas de protección del patrimonio. Me conformaré con visitar yacimientos --esos petroglifos de Campo Lameiro, ese dólmen de Dombate, con su energía a flor de piedra, donde casi lloro-- los museos provinciales y/o arqueológicos y soñar un poco, como cuando, de niña, decía que quería ser no princesa ni bailarina, sino "arqueóloga o pintora".
La arqueología de salón es una de mis pasiones. Quizá sea porque tengo el recuerdo infantil de verla muy de cerca, asomándome tímidamente a las excavaciones que se realizaban cada año en el yacimiento de O Carreiro, en San Vicente de O Grove.
En aquellos tiempos pasábamos el verano en una de las casas que habían sido fábricas o almacenes de salazón remozadas para vivienda, propiedad de una tía de mi madre. Era aquel lugar (la casa y sus alrededores) nuestro paraíso particular, valga el tópico. Mis padres trabajaban, por lo que iban y venían desde San Martiño --núcleo urbano de O Grove-- a San Vicente y nosotros (mis hermanos, una prima y yo) nos quedábamos al cuidado de la tía-abuela, a la que no debíamos llamar bajo ningún concepto tía-abuela, por supuesto.
La tía nos dejaba bajar a la playa "a mojarnos hasta las rodillas", pero nos escaqueábamos hasta la zona donde se situaba la rulot (ya casi no se ven rulots, ahora todos son "coche-casa") del doctor Carro, autoridad suprema del yacimiento de Adro Vello. Por aquel entonces yo sabía que el doctor Carro venía de la Universidad de Santiago, y pensaba que era arqueólogo, como Indiana Jones, aunque años después supe que es médico antropólogo, algo así como Bones, la de la serie, pero en señor calvo y bajito.
A veces lo veía agachado sobre una tumba, cepillando restos óseos con un pincel, o bien clasificando hallazgos sobre una mesa de cámping cubierta con una tela, pero lo cierto es que el trabajo de excavación lo hacían los becarios...y nosotros. Nos dejaban una zona en la que no molestásemos mucho y una paletita y hala, a excavar "con mucho cuidadito". Huelga decir que lo único que aparecía en nuestra zona eran piedras o, si acaso, algún trocito de cerámica sin valor, pero nos hacía la misma ilusión que si hubiésemos topado con el Santo Grial.
El que pasaba más tiempo con los arqueólogos era mi hermano y siempre llegaba a la hora justa de comer, contando lo que habían encontrado ese día. Recuerdo perfectamente cuándo apareció la moneda en la que se distingue la "Traslatio" de los restos del Apóstol Santiago en la famosa barca de piedra. Nos pareció de lo más emocionante y aunque no nos dejaron tocarla, por supuesto, sí pudimos intuir que aquella cosa deforme y mal acuñada era algo importante, por la actitud de los arqueólogos (becarios, como he dicho, de Historia o Medicina), y por los comentarios de mi padre, que nos contó por enésima vez la historia del milagroso viaje del Apóstol.Según iban apareciendo restos, nos íbamos enterando de que allí había habido, antes de una iglesia (la famosa iglesia que se trasladó a la ubicación actual por miedo a los piratas), un templo pagano dedicado a una deidad marina, una villa romana, unas cubas de salazón de aspecto fenicio, una muralla defensiva y tumbas, muchas tumbas, cuyos esqueletos se habían conservado gracias a la arena. Aprendí la palabra "necrópolis" y aprendí también que había otra necrópolis en A Lanzada, cerca de la ermita, aunque aquella estaba ya tapada.
Los restos de la excavación del Carreiro se fueron consolidando, pero también se fueron abandonando. Supongo que ya no daban más de sí, o se acabó el dinero, cualquiera de las dos situaciones lo explica. Siempre se comentaba por lo bajini que "a saber lo que habrían encontrado al hacer la carretera", porque la zona de interés era sin duda más amplia que la estudiada. También se decía (en casa, a la mesa sobre todo), que el Castriño (una punta cercanísima) también debería ser excavado, ya que se distinguen a simple vista algunas estructuras castreñas.
No sé si este habrá sido expoliado, pero sí recuerdo el revuelo que se montó cuando se descubrió una red de tráfico de antigüedades romanas y piezas de cierto valor arqueológico que incluía a un individuo de mi pueblo que había saqueado --hasta entonces impunemente-- el castro de Cantodorxo, en la punta del mismo nombre.
He de reconocer (yo era casi una cría), que me pareció un argumento emocionante, como de peli de ladrones de tumbas egipcias, y me imaginaba al señor (otro bajito y calvo, vaya por Dios, ningún parecido con Harrison Ford tampoco) yendo con la linterna en la boca, y trabajando cuidadosamente con las paletitas y los pinceles para no dañar las piezas. Casi me daban ganas de hacer lo mismo, si no fuese porque soy, aparte de una cobarde integral, una respetuosísima amante de las normas de protección del patrimonio. Me conformaré con visitar yacimientos --esos petroglifos de Campo Lameiro, ese dólmen de Dombate, con su energía a flor de piedra, donde casi lloro-- los museos provinciales y/o arqueológicos y soñar un poco, como cuando, de niña, decía que quería ser no princesa ni bailarina, sino "arqueóloga o pintora".
viernes, 22 de julio de 2016
De laurel
Aunque todo el mundo los conoce ahora como "furanchos", por esta zona siempre les habíamos llamado "loureiros". El nombre es obvio: cuando hay excedente de vino nuevo en la casa se cuelga una rama de laurel (loureiro) en la puerta y los vecinos y visitantes quedan así avisados de que pueden entrar a comprar y degustar. Se ve que en cada zona se usa lo que se tiene, porque la costumbre romana era la de poner hiedra: --Vino vendibili suspensa hedera nihil opus-- y en otros lares, con ser ramo, quedaba claro que era taberna improvisada.No lo sé, pero imagino, que la famosa calle Laurel de Logroño, la de las bodegas, algo tendrá que ver con esto, o no. El nomenclator es a veces caprichoso.
Poco a poco se fueron especializando y no solo se servía bajo el emparrado el vino de la espita --aún hay en algunos jarras blancas, que rematan el verano moradas-- sino que los de la propia bodega aportaban la comida, de elaboración casera. Dicen entonces que dejaban de ser "loureiros" para convertirse en "furanchos".
Si nos vamos al origen del nombre, un furancho es, segun el Don Eladio , una cueva alargada, un "furo" o "furado" (huero, hueco, agujero), supongo que en relación con las bodegas excavadas, como las "caves" de otras lenguas, románicas o romanizadas. De ahí a la tabernucha de poca importancia, que es la otra acepción que recoge X. L. Franco Grande en su Dicionario galego-castelán del 1972, no va más que una sencilla metonimia.
En toda Galicia los encontramos, de tal manera extendidos y popularizados como casas de comida fuera de la ley que fue necesario (a instancias de hosteleros y restauradores) crear para esta figura una normativa especial (como la del aguardiente casero, de la que hablaré otro día, cuando vuelva el otoño).
No he visitado muchos, pero conozco alguno que otro y en uno de ellos nos tienen prometido un gallo de corral para ocho que está esperando la ocasión. No podrá dejar de entrar bien si no es acompañado antes de una ensalada de tomates de la casa, una fuente de pulpo y unas racioncitas (es eufemismo, por supuesto) de zorza. Para que no me tengáis envidia ni os perdáis cuando intentéis buscar un furancho, aquí os dejo esta página curiosa en la que los furancheiros modernos anuncian sus garitos: del laurel a la geolocalización.
http://defuranchos.com/gl/
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